Vivimos rodeados de imágenes, filtros y tendencias que parecen dictar cómo “debería” verse un cuerpo. Lo curioso es que, década tras década, esos ideales han cambiado tanto como la moda misma. Pero, ¿qué pasa con lo que no se ve? Con la salud, la energía o la tranquilidad que sentimos día a día.
¿Alguna vez has modificado tu forma de comer, ejercitarte o verte para adaptarte a lo que estaba en tendencia? Tal vez hoy sea un buen momento para reflexionar qué tanto de eso venía de ti… y qué tanto de lo que se esperaba.
A lo largo de la historia, la idea de belleza ha cambiado con cada época. En los años 50 y 60 se admiraban las figuras curvilíneas, con caderas anchas y cintura marcada, inspiradas en íconos como Marilyn Monroe. En los 90 predominó la delgadez extrema, mientras que en la última década las curvas tonificadas y los cuerpos atléticos se han vuelto tendencia gracias a las redes sociales y a figuras públicas que las representan.
En el caso de los hombres, el ideal también ha cambiado: del cuerpo robusto y trabajador de mediados del siglo XX, se pasó al físico delgado de los 70, y más recientemente, al cuerpo marcado y musculoso promovido por la cultura del gimnasio. Sin embargo, históricamente la presión estética ha sido mucho más fuerte hacia las mujeres, con expectativas que cambian según la moda y la época, pero que constantemente giran en torno a su apariencia física.
Estos cambios muestran que la percepción de “belleza” no es estática, sino cultural y temporal. Sin embargo, más allá de los cánones físicos, lo que realmente debería guiarnos es la búsqueda de bienestar y salud.
Sentirse bien con uno mismo genera confianza y seguridad, pero el verdadero objetivo va más allá del espejo: tener un cuerpo funcional, fuerte y sano que nos permita disfrutar una vida plena y activa en cada etapa. Hacer ejercicio, cuidar la alimentación, dormir bien y cuidar la salud mental no solo modifican la apariencia, sino que mejoran el estado de ánimo, fortalecen el sistema inmunológico y reducen el riesgo de enfermedades físicas y emocionales.
Crear hábitos saludables requiere tiempo, esfuerzo y constancia. Según investigaciones del European Journal of Social Psychology, formar un hábito estable puede tomar entre 66 y 90 días, dependiendo de la persona y del comportamiento. No se trata de perfección, sino de consistencia.
La alimentación diaria tampoco debería centrarse en modas o productos “milagro”. No hay un alimento único que lo resuelva todo: es el conjunto de lo que hacemos día a día lo que determina nuestra salud. Incorporar variedad, aprovechar lo local y adaptar la dieta a nuestros gustos, cultura y posibilidades es mucho más sostenible que seguir tendencias pasajeras.
Hoy, las redes sociales pueden ser una herramienta útil para inspirarnos, pero también un espacio que fomenta la comparación. Es importante recordar que cada persona tiene una historia, complexión y un contexto distinto: lo que funciona para unos puede no ser viable para otros.
Al final, la clave está en los hábitos, no en las modas. Como resumió Will Durant al interpretar a Aristóteles: “Somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, entonces, no es un acto, sino un hábito.”
Construir salud es un proceso continuo, y vale mucho más que perseguir tendencias…
REFERENCIAS
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measurements of idealized females and young women in general. Women & Health, 41(2), 13–30.
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habit formation in the real world. European Journal of Social Psychology, 40(6), 998–1009.
https://doi.org/10.1002/ejsp.674